Humo de salvia

20 mountain

El silencio se interrumpe por el golpe de unas cuantas gotas que impactan sobre los charcos de agua rojiza. Me recargo en el marco de la puerta. Allá, a lo lejos, bajando por la vereda, distingo la plaza y la torre del campanario. Los veo. Se arremolinan en las puertas de la iglesia.

No llegarán aquí hasta el anochecer. Por muy embravecidos que vengan, la subida les doblegará un poco el ímpetu. Idiotas. Si yo fuera uno de ellos esperaría a que bajara al río, me escondería entre los cañaverales y… bueno. Tal vez si yo fuera uno de ellos no tendría la capacidad de llegar a estas conclusiones.

Por mi espalda escurren un par de gotas de sudor. No es por el temor a la muerte, es la resaca de humedad que dejó la lluvia de hace un rato. Ahora la choza está rodeada por charcos. Apuesto a que más de alguno de ellos resbalará en su intento de sorprenderme.

Escucho el aullido de un coyote. Me pregunto si será el mismo que aúlla todos los días antes de que el cielo se vuelva oscuro y aparezcan las primeras estrellas.

Un aullido más y caigo en cuenta que es el último cielo anaranjado que veré en esta vida. Los atardeceres del verano son hermosos; especialmente después de una tarde lluviosa como la de hoy.

Doy medio vuelta y me arropo con la oscuridad de la choza. Me apoyo sobre las rodillas en el piso y enciendo la veladora. Acerco el manojo de hierbas a la pequeña luz que se contonea frente a mis ojos. El calor quema mis nudillos antes de que la hierba arda. El humo que desprende danza frente a mis ojos y traza pequeños círculos antes de perderse en la negrura de la choza.

¡Ah! El humo de salvia. Fue mi abuela quien me enseñó que el espíritu de la planta acoge mis rezos y, junto con el humo, los lleva hasta el lugar en que reposan aquellos que han dejado este mundo.

Saco del morral un hilo rojo y ato las ramas secas.

Con una mano trazo un par de círculos en dirección a mi ombligo y con la otra dirijo el humo hacia mi rostro. Trazo un círculo más frente a mi pecho y arrojo mis miedos hacia el fuego de la veladora. Sé que esta noche vendrán a por mí, y sé, también, que allá arriba  en el cielo alguien prepara mi llegada.

Coloco la salvia sobre el piso de tierra, a un costado de la veladora. Inhalo y tomo el revólver que guardo dentro del morral. Solamente necesitaré una bala. Con uno que lleve conmigo me basta. Aquí está su brujo, cabrones. Vengan a por él.

Fotografía: Tomasz Paciorek
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