15/31 Qué nos sucede al terminar de leer una novela

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Hace unos días me encontré con un publicación que decía algo sobre la sacudida emocional que deja el hecho de terminar la lectura de una novela. Puede ser que esto se convierta en un respiro de aire fresco en el caso de que no hayas conseguido hacer click con los personajes o con el desarrollo de la historia.

Por otra parte, me parece que cuando logramos establecer una conexión con cualquiera de estos elementos, la culminación de la lectura nos deja, en efecto, con un pequeñísimo hueco en el corazón. Vamos, nada que no podamos sobrellevar en nuestro regreso a la vida real o una vez que sucumbimos ante las delicias y el descubrimiento de una nueva historia.

La verdad es que no dudo que más allá de las historias son los personajes quienes nos arrebatan por siempre un pedacito del alma. ¡Oh, sí! Por siempre…

Esto me ha sucedido en varias ocasiones. Pero hoy quiero compartirte tres novelas en las que al concluir su lectura, y conforme pasaron los días, comencé a extrañar a sus protagonistas tal vez de una manera poco racional.

  1. La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón. El cariño que Daniel Sempere profesa hacia los libros, a partir de su visita al ‘Cementerio de los Libros Olvidados‘, me hizo identificarme de inmediato con él. Apenas si había leído unas cuantas páginas y ya le había tomado aprecio al muchacho. Además, disfruté tanto de sus conversaciones con Fermín Romero de Torres que llegué a considerarlos a ambos como dos grandes amigos que conocía de años atrás. Incluso, te confieso, me sentí como un cómplice más de sus aventuras amorosas, y policíacas, estas últimas frente al desgraciado inspector Fumero.
  2. La Catedral del Mar, de Ildeonso Falcones. Al leer esta novela no pude evitar que Arnau, el protagonista, se convirtiera en una fuente de inspiración para mí. La tenacidad y la determinación con las que enfrentó las adversidades que se le presentaron en la vida, desde que era un niño, me llevaron a pensar que me gustaría tenerlo como amigo en caso de que el mundo se volviera en mi contra. Arnau me recordó mucho a algunos de los trabajadores de la construcción con los que he laborado. Cerrar las páginas y despedirme de él me dejó una sensación de nostalgia que se asemeja a la despedida de un amigo al que apenas conociste pero al que sin duda tomaste afecto.
  3. El Abisinio, de Jean-Christophe Rufin. Jean-Baptiste Poncet demostró lo que significa ser un buen amigo frente al viejo Juremi. En su viaje, a través del desierto, dejó en claro lo que para él significaba la lealtad y la ética profesional. ¿Cuantos amigos o colegas identificas con estas cualidades? Venga, no seas tan severo, seguro que estás rodeado por ellos. Al igual que Arnau, hizo frente a las adversidades ‘políticas‘ que comprometían su vida profesional y amorosa. La manera en la que Poncet se despide me deja imaginándolo, aún en estos días, sentado y envejeciendo bajo las lunas del desierto, al pendiente de sus plantas y envuelto por los brazos de la hermosa Alix de Maillet.

Estos son algunos de los personajes que se han llevado un pedacito de mi vida. Los extraño un poco y no dudo que en alguna ocasión volveré a leer sus aventuras. Quién sabe, tal vez con esto llegue a conocerlos otro tanto.

Fotografía: Brooke Cagle
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