08/31 Ayer recordé a mi padre

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Ayer recordé a mi padre. Tomé a mi hijo entre brazos y caminé por los jardines. Me senté en una banca, de espaldas al sol, y por primera vez en mucho tiempo abracé la agradable sensación de no hacer ‘nada‘. No pensé, no planeé, no imaginé. Al menos no por un momento.

Al poco tiempo Gabriel, mi hijo, levantó la mirada y la dirigió hacia un árbol desde donde cantó un pájaro. Nada artístico ni sublime, tan solo un graznido seco, solitario y breve; aunque suficiente para detonar en mi cabeza el recuerdo de un viejo que caminó entre amapas y primaveras, entre huanacaxtles y papelillos y entre platanares y huertas de mango.

Pensé en mi padre y en sus palmadas en mi espalda que sustituían los abrazos. Pensé en mi padre y en su manera, ‘cantadita‘, de preguntarme cómo iba mi día.

Me gusta pensar que allá, antes de su viaje a este mundo, encaminó a Gabriel a las puertas de algún lugar repleto de luz.

Lo veo pensativo, sereno y caminando de un lado a otro, con ese paso firme con el que afianzó sus huellas en infinidad de senderos polvorientos de tierra roja y sobre las baldosas de algunas ciudades coloniales.

El viento sopla y con el polvo que levanta viajan los besos que mi padre estampa en nuestras mejillas, si, las nuestras, las de Gabriel y las mías.

Sus caricias se volvieron casi imperceptibles cuando dejó de acompañarme en el recorrido por un costado del río. De ese río rojo por el que fluye el legado de quienes nos preceden; de aquellos cuya sangre circula por nuestras venas.

Pensé que se había marchado y no fue hasta que reconocí su voz en el chapoteo del agua que comprendí que la idea de su ausencia resultaba estúpidamente absurda.

Y es que a partir de aquel miércoles me empeñé en volverlo a encontrar, más resultó innecesario buscarlo. Apareció en los atardeceres que tiñen de tonos anaranjados los cielos del cerro de San Juan, en la tosca arena de la playa de Los Ayala, y en las raíces superficiales del huanacaxtle que susurran las memorias de un pueblo que se pierde allá por los rumbos del caluroso San Blas.

Le agradezco a mi padre por enseñarme a caminar. Y no me refiero al hecho de dar mis primeros pasos sino a disfrutar del verbo.

A mi padre lo asaltaron en alguna ocasión y tropezó y resbaló en otra. Pero siempre volvió a caminar. Incluso cuando el fantasma de la edad amenazó con volver rígidos sus pies.

Caminó al trabajo, caminó para cobrar la pensión y caminó, durante muchos años, para volver a casa.

Todavía pienso que algún día lo encontraré una vez más caminando por las calles del centro de nuestra ciudad.

Me gustaría verlo caminar como lo hizo hace apenas algunos años atrás; con la espalda derecha, balanceando los brazos por sus costados y flexionando, lo más posible, el arco de sus pies. Él decía que esta era la mejor manera de evitar el caminado de pato.

Con respecto a mi hijo, y antes de irme a descansar, me pregunto que podría compartirle de mi padre. Se me ocurre que podría ser el gusto por caminar. 

Día 8: Check

Fotografía: Danielle MacInnes

 

 

 

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