04/31 Ella es mi abuela

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El día de ayer fue una celebración de vida. Celebramos el nacimiento de mi abuela, doña Esperanza, “La Muñeca” para los amigos.

Mi abuela comparte créditos y reconocimiento junto a mi madre en mi crecimiento. Ella siempre ha estado cerca de mí. Si bien a lo largo de mi infancia los maristas no se cansaron de insistir en que los católicos tienen dos mamás (refiriéndose a la Virgen María), yo, por mi parte, desde mucho antes ya era consciente de la bendición de contar con dos madres; mi madre y mi abuela.

No ha sido sino desde hace algunos años que comencé a llamarle abuela. Aunque no al conversar con ella; ¡Oh no! Siempre le he dicho mamá Esperanza y así seguirá siendo. Pero al mencionarla a otras personas la refiero como mi abuela.

Ella dice que no le gusta que la llame así. A menudo me corrige “No soy tu abuela, niño.” Pero siempre con un poco de sarcasmo y una ternura que he aprendido a descifrar en ese tono de voz que intenta parecer serio.

Pues ella es mi abuela, mi mamá Esperanza, una de las mujeres más luchonas que conozco y a la que dedicaré las siguientes líneas. Insuficientes, seguramente, para la vida que ha llevado.

Nació en Tecuala. De pequeña le gustaban mucho los gatos y disfruta de recordar aquellos paseos por la playa con su hermana, Sofía, y su abuela, Maye.

Conoció a mi abuelo en Tepic. Él me contó que desde que la vio le gustó para que fuera su mujer. A los diecisiete años mi abuela se convirtió en madre de familia.

Ella confiesa que siempre ha sido vaga y que esto la ha metido en problemas. Me cuenta que en alguna ocasión, allá cuando en Tepic no circulaban muchos coches, tomó el carro de mi abuelo, trepó a unos cuantos de sus sobrinos y se lanzó a las calles. Así, con un montón de chiquillos gritando y echándole porras desde el asiento trasero aprendió a manejar.

Años después decidió darle un giro al negocio de comida de su suegra, mi mamá Chole. Se fue a Guadalajara con mi abuelo a buscar algunas ideas para emprender. Llegaron a un restaurante en donde vendían unas tostadas que le fascinaron. A su regreso hizo algunos experimentos con los platillos y de ahí surgieron las tostadas de ‘Flamingos‘, el negocio de la familia hasta la fecha.

Las amistades de mi abuela han sido su mejor medicina a lo largo de los años. Viajó y visitó muchas partes del país en compañía de sus amigos. La mayor parte de las veces con motivos del Congreso Charro. De cada viaje recuerda al menos una experiencia que le dibuja una sonrisa en el rostro y le ilumina la mirada.

Ahora lleva una vida más tranquila. Acompañó a mi abuelo durante su transición de este mundo y recientemente se convirtió en bisabuela. Esto último, según me cuenta, la hace sentir muy feliz. Ella quiere que Gabriel le llame ‘bisa‘. Cuando está con él parece que su mundo se detiene y que sólo los incluye a ellos dos. Creo que el pequeño llegó para inyectarle una nueva dosis de vida a mi querida abuela, a mi amada mamá Esperanza.

Ella es mi abuela y ayer completó su septuagésima novena danza alrededor del sol.

Día 4: Check

 

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