03/31 El café y yo

día 3

¿En dónde estuvo mi café durante los últimos dieciocho años de mi vida?

Muchas personas encuentran difícil de creer el hecho de que terminé mis estudios universitarios y de posgrado sin haber probado gota alguna de café. Incluso creo que yo mismo me siento un poco sorprendido de esto. Sobre todo ahora que me he reconciliado con el café y que disfruto de las revoluciones que induce en mi cuerpo y en mi mente.

Hace apenas seis meses hice las pases con el café. Siempre me sentí cautivado por su aroma, aunque por su sabor no tanto. Recuerdo que desde pequeño, cuando caminaba por la acera del Café Diligencias, o cuando visitaba a mi tía Rosa Leonor en su restaurante El Mexicano, disfrutaba del aroma del grano de café que impregnaba el ambiente.

Lo probé en repetidas ocasiones pero su sabor no terminaba por convencerme. Además de que la cafeína me impedía concentrarme o enfocarme en algún asunto determinado.

Eran tantas las cosas que venían a mi mente que sentía como si dentro de mi cabeza hubiera un mercado repleto de gente. Puedo decir que incluso me costaba mucho trabajo identificar mi propia voz en medio de todo ese barullo. Me refiero a esa voz interior que reconoces como propia y con la que puedes entablar una larga charla mientras caminas o mientras contemplas el paso del tiempo sin hacer otra cosa, al menos no aparentemente.

En más de una ocasión intenté aferrarme al descafeinado porque sin darme cuenta comencé a disfrutar del sabor de un café calientito. Tampoco me funcionó. Después de degustarlo no sabía si lo que sentía era sueño, pesadez o ganas de hacer todo en un solo movimiento.

Hace apenas unos meses atrás visité la ciudad de Xalapa. Cierto día, por la tarde, decidí que me tomaría una taza de café frente a la plaza principal. No me importó lo que viniera después. Me daba igual si me dormía en ese rato o si de plano pasaba la noche en vela. Tomé el café. Permanecí a la expectativa.

Un par de horas después me tomé unas cervezas y por la noche dormí plácidamente. Tal vez fue la desvelada que tuve la noche anterior en que preparé la ponencia que presentaría en la Universidad Veracruzana, o tal vez fue que simplemente comulgué con el espíritu del café. Me quedo con esta última.

Desde entonces no he soltado mi café por las mañanas y a media tarde, ni pienso hacerlo.

Creo que me he vuelto un poco más productivo.

Las voces del mercado que escucho dentro de mi cabeza parecen haberse ordenado un poco. Ya no hablan todas a la vez, bueno, tal vez lo hacen, pero cuando el barullo empieza a salirse de control es como si algo lo regulara y las obligara a esperar su turno para hablar.

Procuro escucharlas a todas aunque hay algunas que de plano no tienen mucho que aportar. Tan solo están ahí, flotando en espera de atención, como una muestra de que sigo aprendiendo a ordenar mis prioridades.

Día 3: Check.

Fotografía vía: Alex Holt

 

 

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