Encabronadamente bien

Ayer por la noche escuché en la radio la canción “A day in the life” de The Beatles. No, no es de mis rolas favoritas; ni siquiera podría considerar al cuarteto de Liverpool dentro de mi TOP-50 de grupos predilectos. Aún así, vaya magia de la música para romper la barrera del tiempo y el espacio; de fondo la melodía y en mi memoria un puente que me lleva al verano de 1994.

Para ese entonces había terminado el mundial de fútbol en que México había sido eliminado por Bulgaria en tanda de penales, el dólar estaba a tres pesos, el Rey León era la principal atracción en Disneyland y yo me preparaba para visitar a la familia de mi tío Fernando y pasar un mes en la soleada California. Llegada la fecha volé como menor no acompañado. Recuerdo que en la sala de espera del aeropuerto yo temblaba. Lo atribuí al aire acondicionado pero mi madre insistió en que eran los nervios y que debía relajarme. Creo que al final lo hice porque disfruté el paisaje desértico del norte del país mientras volaba.

Aterricé en Los Ángeles casi al medio día. Me llevaron a otra sala de espera y a lo lejos distinguí a mi tío Fernando. Me costó trabajo reconocerlo. Y es que apenas lo había conocido un año antes y no tenía recuerdos previos de él porque según cuenta mi madre se fue al norte desde pequeño y allá hizo su vida. Cuando me acerqué a él me dio un fuerte abrazo y me llamó como sólo él y su familia lo hacen: JorgeChuy. Así, junto con pegado, de corridito, sin pausa intermedia.

A los pocos minutos me abrazaba mi tía Gloria y saludaba a Heri, de mi edad, y a Danny, me parece que tres años mayor que yo; a Fernando, el mayor de ellos, lo encontré hasta que llegamos a casa de mis tíos en San Diego.

A la semana siguiente llegó mi primo Gonzalo. Lo recogimos en Tijuana. Creo que lo único que recuerdo de Tijuana es el edificio blanco en forma de mujer. ¡Me impresionó! Para cuando Gonzalo llegó yo ya había hecho un poco más de confianza con la familia. Creo que a él no le costó tanto trabajo porque había sido su anfitrión el verano pasado en Tepic. Además, en aquellos días yo era de esos muchachos que al no tener tanta confianza con las personas actuaba como ‘Cora’. Me explico. Los ‘Coras’ son un grupo indígena que habita algunas regiones de la sierra de Nayarit. Son un tanto reservados; por eso cuando una persona es callada y se le tienen que sacar las palabras casi ‘a huevo’ se le dice que parece ‘Cora’. Generalmente así era yo a mis trece años. Hoy, creo que mis habilidades sociales han mejorado.

A mis primos les gustaba mucho el rock. Tal vez ahí se acentúo más mi gusto por el género. En su garage tenía una batería, un bajo y una guitarra eléctrica. Fue en aquellas tardes cuando comulgué con Jimi Hendrix y cuando The Animals me atraparon con The house of the rising sun. Mis primos también eran seguidores de The Beatles.

Los días pasaron y visité La Joya, San Diego Zoo, Knotts Berry Farm, Sea World, Disneyland, y Dodger Stadium. Este último lo conocí como escenario de un evento muy importante para los Testigos de Jehová, religión que profesa mi tío Fernando y su familia. En este sentido recuerdo que asistía al Salón del Reino al menos dos veces por semana. No resultó una mala experiencia como yo pensaba. Las reuniones en el Salón del Reino no son muy diferentes de una misa católica (religión que para entonces yo profesaba); alguien se para al frente y transmite un mensaje al resto de las personas. Lo que más me gustó es que no tenías que estarte parando, sentando e hincando a cada rato. Además, el Salón del Reino que visité resultó más pequeño que un templo. Esto me hacía sentir en un ambiente más acogedor y como de mayor proximidad con las demás personas, incluso con la persona que hablaba al frente.

En fin, creo que la razón por la que estos recuerdos detonaron al escuchar “A day in the life” fue por aquella ocasión en que nos alistábamos para una reunión en el Salón del Reino. Cada quien se arreglaba en su habitación y Gonzalo y yo permanecíamos sentados en la sala. Danny puso un disco de The Beatles y subió el volúmen. Era muy fuerte para mi gusto, pero a mis tíos parecía no importarles. Mis primos iban de un lado a otro mientras se ajustaban la corbata y los tirantes. La canción seguía su curso y comenzó la parte instrumental, aquella que en el minuto cuatro aún me altera un poco. Creo que esa parte también alteró a mi tía Gloria.  A un grito le dijo a Danny que quitara esa música en el instante y, bastante molesta, le preguntó si no alcanzaba a percibir la presencia del demonio en esa casa. Es la única vez que vi enojada a mi tía Gloria. Danny apagó el aparato. Gonzalo y yo nos volteamos a ver. Supusimos que en ese instante la presencia del diablo la constituíamos nosotros y eso nos hizo sentir unos desgraciados malvivientes. A los trece años de edad esto se siente encabronadamente bien.

Algo así fue la que hasta el momento es mi primera y única visita a los Estados Unidos, y así creció el cariño que siento hacia mis tíos Fernando y Gloria, y a mis primos Fernando, Danny y Heri. Ellos, al igual que yo, han formado su propia familia y yo anhelo conocerla algún día.

teenage
Foto por Redd Angelo
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